miércoles, 2 de febrero de 2011

Barcos de papel

Les dejo otro poema, mientras seguimos grabando el disco, escribiendo más versos y descubriendo a diario lo maravilloso que puede ser el simple hecho de vivir. Deseo buen descanso a quienes tienen vacaciones, y aquellos que siguen trabajando, que sus labores los llenen de satisfacción y de ánimo para seguir adelante y mantener siempre a flote nuestras frágiles embarcaciones.

Suerte a todos.


Barcos de papel

Barcos de papel,

como hojas, como vientos,

arrancados del diario de ayer,

de las recetas de cocina,

del dintel.


Y en la cocina vuelven y giran

para sobrevivir,

estos barcos de papel:

la succión de la bañera los atrapa

y los asusta.

Los queman.

En los suburbios,

en las favelas,

los barcos de papel hacen maromas

para atarse a los cañones de las armas

y no sucumbir, cuando el fuego cruzado

silba por sus velas,

hace temblar los mástiles

y agujerea sus gavias.


Admiro a los barcos de papel.

Ellos van y marchan, estoicos,

por las aguas dulces de Ródano y Saona,

por las baleadas del Mar Muerto,

las abiertas del Rojo

y las extensas del Nilo.

Van y cruzan, valientes,

los caudales amazónicos.


Como algunas cruces de color,

los barcos de papel entran a todos los conflictos,

neutrales, perfectos,

con señal de claro rumbo

y viento siempre a favor.

Ni aun se dejan tentar por las chapas,

que arrojadas de las botellas

presumen de su velocidad

cuando bajan por los canales, raudas.


Ahora que uno encalló sobre mi cama,

su flotilla me acompaña siempre,

y los pequeños marineros cantan,

a coro, canciones que cuentan

historias de mar y de sirenas.


Son buenos muchachos:

siempre cantan canciones de paz.

miércoles, 26 de enero de 2011

Versos

Mientras grabamos el disco, y para nunca perdernos de vista, para no dejar de estar cerca, compartiré contigo algunos versos que he escrito en los últimos meses. Aquí va un soneto. Te dejo como siempre un fuerte abrazo y espero nos sigamos encontrando. El disco ya será de todos cuando esté listo en los próximos meses. Suerte.


Quien eres tú cuando te me apareces, un beso, la vida


Quien eres tú cuando te me apareces,

más que un abrazo infantil, compañera,

la risa de la nada y la del todo,

el hipo que te invade cuando creces.


Tú, que amas el desierto y los mares,

alma calma y tranquila, a la vida

dispuesta. Sirena encallada, silla

de barro y de mimbre: tus azahares.


Amor, que cuando pisa el Amor, mi canto,

atrapas misteriosa las canciones;

verdad en el canto, nuevas versiones.


Y al canto, y al Amor, les quitas razones,

vives como eres, de carne y hueso;

la vida es ahora: en este mismo beso.

martes, 26 de octubre de 2010

Cómplices

Hace cinco minutos se despedía de su esposa, frente al inmaculado ventanal que cubría toda la sala. Hace 15 años que se ha casado. Ahora, con el maletín sobre las piernas, escucha las instrucciones rutinarias que exhalan los parlantes del avión. El cinturón atado, las reservas de oxígeno, y el "life vest under your seat" previniendo el naufragio. Y arrellanado en el asiento grisáceo, el exitoso ejecutivo comienza a explorar un semanario, o quizá el último número de la National Geographic, o acaso una antigua edición de la Selecciones del Readers Digest.

Al caer la tarde, cuando se apagan los ventiladores y los clientes cruzan raudos los pasillos del pequeño mercado abarrotado de verduras, las dos cajeras, ya cansadas de una nueva jornada de labores, buscan excusas para hablarse a los gritos, hasta fingir que desconocen los precios del zapallo y los pimientos. Y frente a los verdes limones, dos mujeres intentan mutuamente convencerse de que alguna vez compartieron clases, inventando recuerdos que justifiquen la charla y las invitaciones a cenar.

El más oscuro de los sicarios, que sube al auto en el D.F. limpiando su arma, no puede contenerse de comentar con su compañero los últimos rumores del círculo narco mexicano; y en la India, los empleados de un temido capo intercambian impresiones sobre la jornada de incidentes que acaba. Todos ellos han dado muerte a hombres y mujeres que han caído tomados de la mano, dejando de existir atados para siempre, en cadáver y alma, a quienes compartieron su último destino. Según se cuenta, en una isla de Chile, aun pueden verse cadáveres engrillados que transitaron a la eternidad acurrucados a sus más cercanos.

De vuelta de la universidad, el tímido joven se ajusta los grandes anteojos, y se acomoda frente a la pantalla de su computadora. Para él, es el único lugar donde puede encontrar verdadera compañía. La compañía del mundo entero. Conecta pronto con Australia y Colombia, donde una amiga y un viejo conocido de la familia lo esperan anclados a la red. Mientras, fuera de la casona, las semillas de los incontables pinos vuelan como helicópteros, rogando al viento que produzca el milagro de hacerlas coincidir con otra semilla, y juntas producir un nuevo ciclo de grandeza y majestuosidad.

En mitad del vuelo, la programación musical del avión se interumpe, y el ejecutivo se quita hastiado los fonos, maldiciendo al causante del error. Sin más artículos que hojear, echa un rápido vistazo afuera, y descubre en ese breve instante que más allá de la ventanilla las nubes toman el aspecto de esponjas, y, algo avergonzado, se sorprende de pronto sientiendo irrefenables impulsos de atrapar algunos cúmulos para él. Recuerda, el hombre sereno, cuando de niño soñaba con lanzarse sobre ese montón de nubes esponjosas, tendido al pasto y de la mano de una pequeña, con quien acabaría por casarse. Y cuando los sueños y esperanzas de la niñez lo inundan por completo, maldice esta vez su propia inercia, y se arrepiente por no mantener vivos esos anhelos inocentes y puros, de aquellos años de amores colmados de pasión blanca. Teclea mil latidos en su teléfono, y el recibo de un mensaje sorprende a su esposa, recordándole cuanto la ama.

Y yo de nuevo aquí, frente a tí, aun cargado de ilusiones vivas y sueños que se aferran a la cordura. Convenciéndome que no vale la vida si se vive solo. Que eso es hacerle trampa al presente y al futuro. Soñando con atrapar las nubes de los aviones, mientras escribo una nueva canción que habla de esperanzas, de justicias y de manos aferradas, y que te invitaré a cantar al alba a favor del viento, para que todos recuerden lo maravilloso que es no estar más solos, sentirse en compañía. Porque alguien dijo alguna vez, que el único infierno, es la soledad.


Cómplices

(puedes escuchar la canción en el siguiente reproductor)



Quizás caigan muertos tomados de la mano,

extrañando la paz, o con los vientres hinchados.

Y tal vez, los asesinos,

compartan sentimientos, olvidos, desvelos.


Quizás las cajeras del supermercado,

se pregunten a gritos, precios que ya conocen.

Y tal vez los clientes sigan tropezándose,

y finjan conocerse, hace ya muchos años.


Y yo siga convenciéndome,

que no vale la vida, vivirla tan solo.

Y yo siga buscándote,

para pedirte, ¿quieres ser mi cómplice?


Volaremos, más allá de las nubes,

te inventaré nuevas canciones.

Las cantaremos, a favor del viento,

quédate conmigo, prometo ser tu cómplice.



Quizás las semillas voladoras de los pinos,

sigan aprendiendo a rezar,

y le rueguen al viento,

las junte con quien deben y quieren estar.


Y tal vez, los más perdidos,

lleguen tarde a casa, a su computadora.

Se sienten frente a la pantalla,

y vean al mundo, desde sus sillas.


Y yo siga convenciéndome,

que no vale la vida, vivirla tan solo.

Y yo siga buscándote,

para pedirte, ¿quieres ser mi cómplice?


Volaremos, atrapando las nubes,

te inventaré nuevas canciones.

Las cantaremos, a favor del viento,

quédate conmigo, prometo ser tu cómplice.

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Puedes dejar tus apreciaciones aquí o en cualquier canal de comunicación que compartamos (facebook, correo). Para dudas, sugerencias o lo que quieras, puedes escribir a botesymareas@gmail.com


Un abrazo. Espero seas feliz.

domingo, 26 de septiembre de 2010

25 años

Hoy ha cumplido los 25 años, y el verano, tal como la rutina, se presenta inevitable. 25 veces los tíos han estrujado sus mejillas, y han mostrado cada vez sorpresa por lo crecida que está.


Son 25 largos años en que los cuidados de mamá han logrado que nada la ponga en peligro. 25 años reposados en que la princesa de papá no ha sabido de carencias ni de deseos frustrados. En la infancia, llegando cada día hasta el colegio de pago donde se enseñaba lo correcto, y ya de grande, arropada por la cautelosa misión de no romper la burbuja que la protegía. Hoy, nadie quiere perderse la gran celebración: cumple 25, y nunca ha dejado de llegar a casa por las tardes. En la cena, la conversación es sobre temas de adultos, que no le interesan. Y qué va, si aunque le importaran, no le dejarían entrometerse. Por la noche debe ceder su cama a un primo, y con la vista perdida entre los recovecos de la alfombra comenzó a comprender que es tiempo de salir del letargo. Comenzó a comprender aquello de las mariposas de Elena, su amiga, que caminaba en círculos planeando su huida, y a la que antes de partir escuchó sin prestar demasiada atención.


Y cuando el revoloteo de las mariposas ya no pudo contenerse bajo su vientre, cuando los mástiles de las banderas herían su cuerpo dormido anhelando la libertad, buscó el atlas que Elena, previendo lo que sucedería, le había dejado en un cajón. Montó en su bicicleta, y aún sin entenderse, se perdió de pronto bajo la línea curva del horizonte, tras la cual se escondían los sueños y anhelos secretos de la ciudad.


Se había acostumbrado a distinguir lo bueno, que era aquello que tenía, lo que los padres siempre le otorgaban, y tuvo que aprender sobre aquello que nada sabía. Olvidar aquello que escuchaba en las canciones, eso que dicen de la melancolía, y de los riesgos que conllevan las huidas. Olvidar el miedo a la oscuridad y llorar sola oculta en un rincón. Comprender que no importa el destino, porque lo importante es el viaje. En el camino comenzó a proponerse destinos imaginarios, mezclando el sueño con la realidad, y preguntó a gentes desconocidas por las referencias necesarias. Con el correr del tiempo, fue haciéndose parte natural de las fiestas que tiempo atrás tanto había anhelado. Creció donde mejor podía hacerlo, en sus lugares soñados, entre las trillas de los campos y la Rayenantu*, entre las bromas de los feriantes y los estofados de las abuelas, en pueblos que nunca encontró en sus mapas.


Han pasado ya varios años. Ahora recuerda con nostalgia los tiempos en que compartía con sus padres. Ahora, sentada frente a la plaza, iluminada por ampolletas de colores, repara en cuanto ha crecido, y entiende que aquel no era un crecimiento de los que sus tíos pudiesen notar.


“¿Dónde está la niña que vimos partir?”, pregunta su padre, cuando ve delinearse de nuevo la menuda silueta bajo el marco de la puerta. Ella, mientras reparte abrazos, intenta explicar lo necesario que era que aprendiera a sanar sus propias heridas, a sufrir sola, a llorar. Con los ojos humedecidos les cuenta lo importante que era aprender a fallar por sí misma, y asumir el reto de las malas consecuencias que traen los errores. Porque fallar muchas veces no siempre supone ir mal. Porque al fin y al cabo, atreverse y fallar las veces que sea necesario es lo más parecido a lo que debiese ser la vida. Porque ahora, estaba lista para aquello. Ahora está preparada para vivir.


*Rayenantu: laguna ubicada en la localidad de Santa Juana, en Chile. En mapudungún, significa "Flor dorada" o "Flor del sol".

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Una nueva canción de huidas, en la que quizá me siento más representado que otras veces. Porque a mí también me gustaría montarme en la bicicleta y partir a donde sea. Para conocer y entender otras vidas, otros sufrimientos y otras razones. Para vivir.


Las canciones que dejo aquí en el blog son solo "demos" o maquetas de lo que serán las grabaciones definitivas, las que deberían estar listas a principios del año venidero. Espero encontrarte también allí. Por mientras, puedo regalarte algunos archivos mp3 con algo del trabajo de Botes y Mareas a través del correo electrónico. Solo tienes que pedirmelo. Te dejo aquí la canción "25 años".


25 años

(puedes escuchar la canción en el reproductor de música puesto a continuación)


25 años fueron los que no dejó,
ni un día de volver a casa al atardecer.
25 años de aspirinas, de jarabes,
de cuidados intensivos, de colegio y amistades.

Hoy ya está de vacaciones, y está lista otra vez,
para quedarse en casa y no tener nada que hacer,
para visitar los tíos, "¿cómo estás?, cómo has crecido".
No dice nada en la cena, y en su cama duerme un primo.

Siesta de verano, 30 grados preguntan por ti.
Roja la piel, dormido el ánimo,
cuando el escape se hace inminente,
despiértate, péinate como antes.
Haz cualquier cosa, pero ponte a salvo ya.

Un llamado urgente a su tripulación,
banderas en alto, para emprender la huída,
pero Elena se ha ido, te dejó su atlas,
caminaba en círculos y a veces rezaba,
para que lo bueno nunca se acabara.

Y un día, sin avisar, planeando la huída,
subida en dos ruedas la vieron partir,
"a donde sea, lo importante es el viaje" se decía.
Y apenas en un rato, olvidó lo que sabía,
Calle Melancolía, Kilómetro 0.
Coincidieron en su pecho, mareas y recuerdos.


Tuvo que vencer sus miedos, aprendió a llorar,
y a poco andar, se rompió su burbuja.
Le preguntó a gente extraña,
por direcciones de calles que se inventaba.

Cuanta experiencia había ganado,
en esas trillas, en las fiestas de los campos,
en la Rayenantu*, sus lugares soñados,
cuanto había crecido, cuanto había cambiado.

Que si la vieran sus padres, ya no creerían que aún es la misma,
¿dónde está la niña de mis ojos, que un día vimos partir?
Padre, yo soy la misma, la que tú conocías,
era urgente que aprendiera a sanarme la heridas.
A fallar, ya he aprendido, ahora muero por vivir.

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Puedes dejar tus comentarios, dudas o sugerencias aquí o en cualquier canal de comunicación que compartamos (facebook, mail). Te dejo un abrazo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Aquello oscuro y nuestro

Huímos otra vez. Donde nos esperan hoy las risas alegres de las amistades. Después del bar donde canté nos refugiamos en lugares ajenos, pero que ya sentimos propios. Silenciada la música y las bromas, cuando las risas se acallan, nos vigila la luna, y para dorimir nos trepamos en esas gigantescas montañas de miedo que han dejado en el salón los amigos que salieron. Fueron a bailar, creo. Algunos a olvidar.

La noche debilita los corazones. En la oscuridad intento adivinar tu silueta para evitar el naufragio. Agarrado fuerte a tu pelo encuentro la paz y el reposo, y me entrego a los recuerdos, cargados de nostalgia, que llevan a la memoria a andar por caminos planos y otros aún por pavimentar. Recuerdo, al borde del abismo del sueño, a aquellos hombres que se pierden de un lado a otro de la ciudad buscando algo de comer, extrañando brazos llenos de sol que entibien sus manos frías, y en el silencio se me hace inevitable escuchar el rugido de esos vientres lejanos, de hermanos, amigos y viajeros que golpean puertas húmedas que suenan más despacio durante las tormentas.

Es que pienso en aquello que, siendo tan oscuro, tan vergonzoso e indebido, nos pertenece. Las desgracias, el hambre y la miseria, los errores que siempre cometemos y que nos taladran cada vez la conciencia. Pienso en la indiferencia y el letargo diarios. Pienso en la parte más oculta de nuestras vidas. Aquello que no enseñamos a nadie, de lo cual no nos orgullecemos, pero que, querámoslo o no, forma parte también de nosotros.

Y como siempre, intento no olvidar que la verde naturaleza de las selvas, las altas paredes en los campos de la caña, y los gruesos túneles en las minas de cobre y oro, ocultan gritos desesperados de libertad, derechos y dignidad. Los lamentos y plegarias son mudos, y la fe que los sostiene queda guardada en los débiles pechos de los niños que llevan las manos sucias. Quisiera hacer nuestros esos sufrimientos, esas injusticias y arroparlas en nuestros propios brazos, para darles algo de calor, para susurrarles al oído a esos hombres y mujeres que mañana todo irá mejor. Aunque quizá no sea cierto. Quizá los que matan no se mueran de miedo, y sigan con sus planes cobardes y metódicos para someter al que creen inferior. Puede que aquello no cambie. Aunque puede que sí, y por eso les susurro. Por la esperanza en el porvenir, a veces vaga. Por el sueño futuro, un tanto impreciso, pero siempre nuestro.

Una imagen me golpea la sien como un pájaro carpintero. Son los elefantes de mi abuela. Ella siempre me dijo que esas figuras que atesoraba sobre la mesilla debían mirar a la pared como señal de buena fortuna. Esa, era su precaución ante lo oscuro, ante el devenir desconocido. Como el que busca en el periódico la tira del horóscopo, o pretende hallar en bolas de cristal o en la geografía de su mano izquierda lo que no develaron con claridad las cartas. Todos buscan precauciones, respuestas, ante la desgracia y el infortunio. Otros cumplen con méritos para alcanzar la salvación, o incluso esperan venidas milagrosas que rediman de una vez todos los errores humanos. No sé si sea así. Creo que debemos ser nosotros quienes intenten quitar el hambre y curar el SIDA antes de redenciones milagrosas que hagan todo el trabajo por nosotros.

Todo es nuestro. Lo que ocurre al otro lado de la ventana y lo que llega como eco lejano desde latitudes remotas. Incluso lo que ocurre en esta habitación. Tu pelo que ya no reclama porque lo sujeto con violencia, mi imaginación invitandote una copa de vino, animándote a un beso que comparta lo mejor y lo peor de nosotros.

Y bueno. Yo seguiré a tu lado. Viendo a través del cristal como mis sombras envejecidas persiguen por las veredas lo que quedó después de nuestras derrotas. Dejando las guirnaldas al pie de la cama para recordarnos que a veces sí somos felices. En realidad, muchas veces, aunque a veces lo olvide. Y de vuelta a casa, debemos sortear los cuerpos de los derrotados. De los que no encuentran otro sentido y forma que rendirse ante sustancias que desconocen. Quizá escapan del mundo terrible que nos toca vivir, o tal vez no encuentran otro sentido que el que vemos ahora con nitidez. Quién soy para decirles que están equivocados. No sé siquiera si ese es su lado bueno o el oscuro. Quizá en un momento en que nada más merezca la pena, morir por algún rato sea su única salida. No lo sé. No sé si es su lado bueno o el oscuro, pero sé que es nuestro, y que no nos va bien negarlo.

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Alguien me preguntó alguna vez por qué mis canciones solían ser tristes. Siempre le respondía que no todo en nuestra vida podía ser color de rosa, que tal como las fiestas y la alegría, el sufrimiento y la tristeza también existen, y que son estos sentimientos tan válidos y reales como los primeros. Hay quien quisiera negar que las penas y el dolor forman parte de nuestras vidas, y por eso se enmascara en una supuesta felicidad eterna. Son los mismos de siempre los que dicen que todo está bien y que el futuro estará aun mejor. Yo no puedo, no puedo olvidar a los que sufren, y a ellos van mis canciones (por cierto que también vendrán canciones alegres. Intentaré, dentro de lo que es posible, cubrir todos aquellos sentimientos).

Para esta canción he tomado algunos versos de Francisco Arriagada ("después del cristal que quiebra el sonido..."). Gracias a él, por su disposición y buena voluntad.


Aquello oscuro y nuestro
(puedes escuchar la canción en el cuadro de reproducción a continuación)



Elefantes que miran hacia la pared,

guirnaldas al pie de la cama,

recordando noches de juerga,

que acababan sobre almohadas.


O sobre montañas de miedo,

que la esperanza hechizaba.

Haberte visto tan pronto,

y conocerte tan tarde.


Después del cristal que quiebra el sonido,

donde cuento los resquicios,

en la vereda en que a veces deambulan,

mis sombras, cuando te siguen.



Un hombre busca algo de comer,

y extraña los brazos que lo acunan.

Y yo en mi cama doy vueltas,

vientres que rugen mi sueño gangrenan.


Reparto mil maldiciones,

agarrado fuerte a tu cama.

oímos gritos, fe y oraciones.

violencia metódica, muertes rutinarias.


Te ofrezco un brindis, un beso, un pecado,

somos jóvenes, siempre fallamos.

Vente conmigo, sumemos abrazos.

No me rendí, solo es que a veces me canso.


De vuelta a casa, en las calles,

debemos sortear esos cuerpos,

la noche los ha vencido,

balas de alcohol, marcarán,

su destino.



Puedes dejar tus comentarios en cualquier canal de comunicación que compartamos (facebook, blogspot, correo, etc.). Te pido disculpes las deficincias del sonido. He tenido especiales problemas para grabar esta vez, pero ya vendrán registros de mejor calidad. Gracias siempre por estar cerca.

miércoles, 21 de julio de 2010

Retrato de una lluvia de madrugada

La lluvia se cuela remolona en nuestros techos y repiquetea traviesa al caer sobre las aceras. En estas noches de tormenta, que azotan nuestro sur, me desvela el tronar del cielo negro, y no puedo quitar de mis pensamientos el recuerdo tierno y algo distante de aquellos que no disfrutan tanto asomándose a la ventana para ver las gotas al otro lado del cristal.

Recuerdo las paredes delgadas, húmedas, atravesadas duramente por el frío. Sus habitantes, hombres y mujeres despiertos, se mantienen en vela esta noche, cuestionando los días, inquietos por la débil salud de los pequeños que descansan acurrucados junto a las mantas. Cuestionando, si es que por estos días, aún siguen vivos. El miedo y la desesperanza arrincona a estos hombres y mujeres, que acaban tambaleándose como la débiles y asustadizas almas del guetto.

Pienso en eso y quizá mantengo la esperanza de que algunos versos cubran con sus palabras sensibles los pies entumecidos de aquellos niños, aunque mi esperanza es otra. Cuando digo que la poesía quizá abrigue a los que pasan frío, realmente solo me estoy consolando, porque en verdad creo que debemos ser nosotros los que arropemos a los que sufren. Arropar a aquellos que viven cerca, pero cuyo silencio los hace pasar desapercibidos ante nuestras miradas ocupadas y cubiertas de problemas. Aquellos que existen, que ven, que dudan y sienten, y que buscan un hueco en nuestros corazones para regalarnos su cariño y enseñarnos lo qué es realmente importante.

Para ellos va esta canción, breve como los recuerdos que me invaden como rayos, para decirles que estamos con ellos, que no los vamos a dejar solos. Para ellos. Los que sienten, los que sufren, los que anhelan vivir.


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Te entrego aquí la que es mi canción más breve, que sigue trazando este camino de la canción consciente. Para recordarnos que no estamos solos, que nos necesitamos.

Te dejo un abrazo.



Retrato de una lluvia de madrugada

(Puedes escuchar la canción en el reproductor ubicado a continuación)




Te escribo desde el sur, donde llueven mariposas,
y el invierno se hace duro.
Hoy casi todos velan esta tormenta,
muchos recuerdan que aún siguen vivos.

Mis libros se amontonan sobre la cama,
y el miedo sobre sus techos.
El frío atravesando sus paredes,
frágiles, como almas en el guetto.

Será que hoy por fin la poesía,
nos arropa, nos arroja besos.
Vente conmigo, que la noche acaba,
y su esperanza se oye más que el trueno
.



Soneto XXIX, de Pablo Neruda

Porque no he podido resistirme a la tentación y el atrevimiento de acercar una obra de Neruda a mi guitarra, para que tuviesen, yo no sé, quizá un amorío.

Porque imagino como, en la oscuridad de la madrugada, los libros se encierran en la pequeña habitación del poeta, y como las palabras que se desprenden de las páginas amarillentas se arremolinan intentando desbordar las delgadas paredes blancas. El poeta recuerda, siente y duda, dejándose arrastrar a aquellos parajes que hace algunos meses han maravillado a sus ojos. La muchacha de cabellos rojizos se sienta frente a su rostro cansado, y sus manos se apoyan sobre las mantas inmaculadas, blandas como los labios gruesos de la mujer.

La muchacha de manos frías ha nacido en el Sur, donde las aguas golpean con fuerza los techos y los terremotos provocan desgracias indescriptibles en sus habitantes. La greda oscura de los pequeños pueblos, que danza y se acaricia entre las manos de las viejas artesanas, ha dejado leves sombras en su frente, que son ahora testigos de la mirada inmóvil del poeta buscando descubrir hasta los recovecos más ocultos y las curvas más lejanas del rostro frío de la muchacha. En aquellos recovecos se esconden los recuerdos de la infancia, esa infancia donde el verano era más largo y el mundo más pequeño. Cuando los pies descalzos tropezaban con las piedras lisas de los valles, o con los bordes cortantes de las costaneras. Las pelotas sucias y gastadas llegaban a dar violentamente contra la batea en que tu madre lavaba nuestras ropas, y los delgados maderos que sostenían los alambres invadían nuestras improvisadas y mínimas canchas. El golpear del uslero adelgazando las masas anunciaba la hora de la once, y al siguiente día, cubríamos de tierra el pan endurecido que cargábamos por horas en nuestras manos imberbes. No siempre hubo pan tibio, no todas las semanas llegaron dulces del sur, y a veces el hambre burló las barreras y se instaló sobre nuestras dignidades.

Porque nuestras madres y abuelas siguen lavando las ropas del cielo, en un sur cálido abrigado por sus propios Amores. Por enseñarnos que el recuerdo de la raíz le da vida y sentido a nuestro canto y a nuestra vida. Porque sin las raíces no seremos nada.

Por enseñarnos que la pobreza no es un problema, sino una virtud.

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Soneto XXIX
de Pablo Neruda



Vienes de la pobreza de las casas del Sur,
de las regiones duras con frío y terremoto
que cuando hasta sus dioses rodaron a la muerte
nos dieron la lección de la vida en la greda.

Eres un caballito de greda negra, un beso
de barro oscuro, Amor, amapola de greda,
paloma del crepúsculo que voló en los caminos,
alcancía con lágrimas de nuestra pobre infancia.

Muchacha, has conservado tu corazón de pobre,
tus pies de pobre acostumbrados a las piedras,
tu boca que no siempre tuvo pan o delicia.

No siempre, tuvo pan o delicia.

Eres del pobre Sur, de donde viene mi alma,
en su cielo tu madre sigue lavando ropa
con mi madre. Por eso te escogí, compañera.

Por eso te escogí.